miércoles, 3 de diciembre de 2008

San Francisco Javier

Hace 47 años recibí la tonsura en la iglesia de Santiago en piazza Navona, la antigua iglesia del Reino de Castilla. La reforma litúrgica suprimió esta ceremonia, pero, naturalmente, no su sentido. Se trataba del primer compromiso formal en el camino del sacerdocio. Me impresiona que vosotros no hubiérais nacido, aunque en Dios estábais vivos. No estoy muy seguro de que fuéra muy consciente del compromiso que estaba asumiendo, pero lo recuerdo como un día de gran ilusión, con la mente puesta en la ordenación que recibiría un año más tarde y con mil proyectos no siempre realizables. Siguiendo a Francisco Javier, un personaje espléndido de la historia, tenía sueños de misiones, de paganos y de conversiones. Todavía hoy, cada vez que voy a Roma, paseo por Navona y entro en aquella iglesia donde tantos compatriotas nuestros durante, al menos cuatro siglos vivieron su fe.

martes, 2 de diciembre de 2008

Exigencias para el Adviento (I)

En primer lugar, tenemos que forjar la conciencia de que, entre nuestras muchas responsabilidades, como padres, hombres de empresa, trabajadores, miembros de una sociedad que nos necesita, lo más importante y sano es la preocupación que nos debe acompañar en todo momento por el bien espiritual de las personas que nos rodean, especialmente cuando se trata además de personas que dependen de nosotros. Constituye un espectáculo triste el ver a tantos padres de familia preocupados únicamente del bien material propio, de sus hijos, el ver a tantos empresarios que olvidamos el bienestar espiritual de nuestros equipos de trabajo, el ver a tantos seres humanos ocupados y preocupados solo del futuro material del planeta, el ver a tantos hombres vivir de espaldas a la realidad más trascendente: la salvación de los demás.

Portadores de paz

Nikos Kazantzakis: "Paz, hermanos, paz...¿Cómo podremos pacificar el mundo si no tenemos paz en nuestro corazón?
Tal vez tenemos demasiados deseos contradictorios, tal vez buscamos sin medida o sin horizonte o sin mesura. Tal vez nos buscamos demasiado a nosotros mismos.

domingo, 30 de noviembre de 2008

El Adviento que viene

"Moría la noche; palidecían las estrellas. De repente, la piedra filosofal de la luz matutina lo tiño todo de oro. Un clamoreo corrió de boca en boca: "¡El heraldo, el heraldo!"
Bajé la cabeza y pregunté: "¿Viene ya?"
De todas partes parecía que estallaba el ¡Sí! de la respuesta.
El pensamiento, atormentado, decía:" ¡No está todavía la cúpula de mi palacio! ¡Nada está en regla!".
Vino una voz del cielo: ¡¿Derriba tu palacio!"
"¿Por qué?", preguntó el Pensamiento.
Porque hoy es el día del Advenimiento, y tu palacio estorba el paso".

Queridos amigos,cuántas veces en nuestra vida, si tuviéramos un poco de perspicacia, podríamos decir: Hoy es el día de mi salvación, hoy puede ser un día único en mi vida, hoy es la ocasión. A menudo, no hacemos caso y convertimos un día especial en un día cualquiera.

Tenemos ante nosotros una ocasión, tal vez, única: derribar mis barreras, barrer los escombros, dejar mi espíritu libre y purificado. No sea que hoy sea el día del advenimiento y mi yo estorbe el paso.
Amigos, aprovechemos estos días que vienen. Va, también, para tí Mate!

viernes, 28 de noviembre de 2008

Reseña de un acto importante

Homenaje al profesor Laboa en la presentación de su “Atlas de los Concilios”

«Los obispos están divididos al 50%»

Por José Manuel Vidal
RD
Jueves, 27 de noviembre 2008

Es uno de los más prestigiosos investigadores de la Historia de la Iglesia. Tras 40 años de dedicación a la enseñanza, Juan María Laboa, profesor emérito de Comillas, se dedica a escribir. Ayer, la presentación de su libro “Atlas histórico de los Concilios” (San Pablo) se convirtió en un homenaje espontáneo a su figura. Hombre de Iglesia y, por ende, abierto y crítico, Laboa invitó a “aprender las lecciones que la Historia da a la Iglesia” y reconoció, con tristeza, que “los obispos están divididos al 50%”. La apretada votación del secretario general le daba, una vez más, la razón.

El aula magna de la Pontificia de Comillas estaba abarrotada. En la presidencia, Fernando Sebastián, Santiago Madrigal, decano de la Facultad de Teología y Pedro Miguel García, subdirector editorial de San Pablo. Intervenciones sentidas y ponderadas de los presentes. Con numerosas alabanzas al autor. Por su obra y por todo su recorrido. Tantas que, con sentido del humor, cuando le llegó el turno, Laboa saludó con una anécdota en la que un viejo profesor decía ante las loas de sus presentadores: “Sigan, sigan, a ciertas edades, las alabanzas reconfortan”.

En primer fila de la sala, Carlos García de Andoín, el líder de Cristianos Socialistas del PSOE, y tres obispos: Raúl Berzosa, Joan Enric Vives y Juan del Río. “En actos como éstos la ‘otra’ Iglesia respira y toma conciencia de que existe y es numerosa”, decía un sacerdote sentado a mi lado.

Monseñor Sebastián ensalzó la obra de Laboa y calificó al autor de “pedagogo y publicista”. Por su parte, el subdirector de San Pablo, Pedro Miguel García destacó algunas de las cualidades del autor: “claridad, visión de fe, libertad de opinión y expresión, asi como preocupación por las realidades eclesiales del momento”.
Visiblemente emocionado, el profesor Laboa comenzó señalando que “tras 40 años de dedicación a la enseñanza de la Historia de la Iglesia o te vuelves loco o purificas la fe”. Y a renglón seguido, añadió: “En estos 40 años he aprendido que la Iglesia es maestra, pero no tiene discípulos”. Porque, “en la Iglesia, el Espíritu está en vasijas de barro”.

Al echar la vista atrás, Laboa recordó que “los sufrimientos en la Iglesia, muchas veces no vienen de los enemigos, sino de los de dentro”. A pesar de todo declaró: “He intentado ser libre, porque no hay evangelización posible, si no somos muy limpios y muy libres cuando hablamos de la bondad y de las perversiones de la Iglesia”.

A su juicio, los que quieren acallar las críticas a la institución con el célebre refrán de que los trapos sucios no se lavan fuera de casa es “porque pretenden mantenerlos sucios dentro”.

Anunció que prepara un libro sobre “La Historia de la Iglesia samaritana” y apuntó algunas de sus preocupaciones actuales. Primero, el “tremendo desconocimiento de la Historia de la Iglesia tanto dentro como fuera de ella”.

En segundo lugar, advirtió contra “el peligro inmenso de falsear la Historia de la Iglesia, como ya hacen algunas instituciones y congregaciones. Y eso es escandaloso”. En tercer lugar, apostó por el diálogo y la comunión eclesiales. “En estos momentos, en España, los obispos están divididos al 50 por ciento. Y los cristianos, también”. A su juicio, la jerarquía tiene que buscar urgentemente “a gente capaz de ser puente”. De lo contrario, “no tenemos futuro”.

Y por último, señaló que la Iglesia no debería enrocarse. “Cuando se nos ataca y somos débiles, no vale refugiarse en el integrismo o en el gueto. Eso debilita y empobrece a la Iglesia que, además, perderá la cultura y no convencerá a nadie”.

La sala respondió a sus palabras con una cerrada ovación. “Todavía quedan profetas”, aseguraba un jesuita. 

El verdadero progresismo

En una obra del escritor brasileño Pedro Bloch encuentro un diálogo con un niño que me deja literalmente conmovido.

— ¿Rezas a Dios? —pregunta Bloch.

— Sí, cada noche —contesta el pequeño.

— ¿Y que le pides?

— Nada. Le pregunto si puedo ayudarle en algo.

Y ahora soy yo quien me pregunto a mí mismo qué sentirá Dios al oír a este chiquillo que no va a Él, como la mayoría de los mayores, pidiéndole dinero, salud, amor o abrumándole de quejas, de protestas por lo mal que marcha el mundo, y que, en cambio, lo que hace es simplemente ofrecerse a echarle una mano, si es que la necesita para algo.

A lo mejor alguien hasta piensa que la cosa teológicamente no es muy correcta. Porque, ¿qué va a necesitar Dios, el Omnipotente? Y, en todo caso, ¿qué puede tener que dar este niño que, para darle algo a Dios, precisaría ser mayor que El?

Y, sin embargo, qué profunda es la intuición del chaval. Porque lo mejor de Dios no es que sea omnipotente, sino que no lo sea demasiado y que El haya querido «necesitar» de los hombres. Dios es lo suficientemente listo para saber mejor que nadie que la omnipotencia se admira, se respeta, se venera, crea asombro, admiración, sumisión. Pero que sólo la debilidad, la proximidad crea amor. Por eso, ya desde el día de la Creación, El, que nada necesita de nadie, quiso contar con la colaboración del hombre para casi todo. Y empezó por dejar en nuestras manos el completar la obra de la Creación y todo cuanto en la tierra sucedería.

Por eso es tan desconcertante ver que la mayoría de los humanos, en vez de felicitarse por la suerte de poder colaborar en la obra de Dios, se pasan la vida mirando hacia el cielo para pedirle que venga a resolver personalmente lo que era tarea nuestra mejorar y arreglar.

Yo entiendo, claro, la oración de súplica: el hombre es tan menesteroso que es muy comprensible que se vuelva a Dios tendiéndole la mano como un mendigo. Pero me parece a mi que, si la mayoría de las veces que los creyentes rezan lo hicieran no para pedir cosas para ellos, sino para echarle una mano a Dios en el arreglo de los problemas de este mundo, tendríamos ya una tierra mucho más habitable.

Con la Iglesia ocurre tres cuartos de lo mismo. No hay cristiano que una vez al día no se queje de las cosas que hace o deja de hacer la Iglesia, entendiendo por «Iglesia» el Papa y los obispos. «Si ellos vendieran las riquezas del Vaticano, ya no habría hambre en el mundo». «Si los obispos fueran más accesibles y los curas predicasen mejor, tendríamos una Iglesia fascinante». Pero ¿cuántos se vuelven a la Iglesia para echarle una mano?

En la «Antología del disparate» hay un chaval que dice que «la fe es lo que Dios nos da para que podamos entender a los curas». Pero, bromas aparte, la fe es lo que Dios nos da para que luchemos por ella, no para adormecernos, sino para acicateamos.

«Dios —ha escrito Bernardino M. Hernando— comparte con nosotros su grandeza y nuestras debilidades». El coge nuestras debilidades y nos da su grandeza, la maravilla de poder ser creadores como El. Y por eso es tan apasionante esta cosa de ser hombre y de construir la tierra.

Por eso me desconcierta a mi tanto cuando se sitúa a los cristianos siempre entre los conservadores, los durmientes, los atados al pasado pasadísimo. Cuando en rigor debíamos ser «los esperantes, los caminantes». Theillard de Chardín decía que en la humanidad había dos alas y que él estaba convencido de que «cristianismo se halla esencialmente con el ala esperante de la humanidad», ya que él identificaba siempre lo cristiano con lo creativo, lo progresivo, lo esperanzado.

Claro que habría que empezar por definir qué es lo progresivo y qué lo que se camufla tras la palabra «progreso». También los cangrejos creen que caminan cuando marchan hacia atrás.

De todos modos hay cosas bastante claras: es progresivo todo lo que va hacia un mayor amor, una mayor justicia, una mayor libertad. Es progresivo todo lo que va en la misma dirección en la que Dios creó el mundo. Y desgraciadamente no todos los avances de nuestro tiempo van precisamente en esa dirección.

Pero también es muy claro que la solución no es llorar o volverse a Dios mendigándole que venga a arreglarnos el reloj que se nos ha atascado. Lo mejor será, como hacía el niño de Bloch, echarle una mano a Dios. Porque con su omnipotencia y nuestra debilidad juntas hay más que suficiente para arreglar el mundo.


José Luis Martín Descalzo, "Razones para vivir".


Tiempo de Adviento, preparación de la Navidad

Mi futuro amigo camilo Xabier escribe esto en su newsletter de esta semana:

Pronto, muy pronto, Occidente y Oriente, el Norte y seguro que el Sur también, festejarán ese tiempo llamado navidad. Toda fiesta exige preparativos, tiene su antesala. La Iglesia llamó a ese tiempo anticipatorio “Adviento”. A lo largo de las próximas semanas, hasta que llegue Navidad, propondremos alguna pista, pocas, para la reflexión y que puedan servir de preparación a la navidad.
Las palabras son importantes porque mediante ellas transmitimos pensamientos y sentimientos. Ellas ponen rostro a aquello que habita en el interior de nuestra ánima. Nos libera decir y nombrar correctamente aquello que sentimos y vivimos.
Aunque a primera vista se distingan fácilmente, a la
hora de la verdad suele ser habitual utilizar como sinónimos los términos “único y central” cuando realmente son totalmente contrarios e incluso antagónicos.
Lo único es reduccionista y excluyente. Lo único se resuelve por resolución de contrarios, por eliminación del otro, por aniquilación de la diferencia. Lo único está solo y a solas. Lo único exige obediencia y sumisión. Por eso el consumo, el dinero, el poder, la fuerza, la violencia se presentan ante nosotros como lo “único
que puede hacernos felices”. Si tú eres lo único importante en mi vida, ¿dónde quedo yo? ¿Quién soy yo sin ti?
En cambio, lo central construye en su entorno y pide la presencia de otros alrededor de ese centro. Lo central por su propia naturaleza convoca a los otros. Alimenta, irriga y da vida a lo que convoca en su entorno. Lo central no crea periferia sino que genera entorno. Genera vínculo. Crea relación. Nada ni nadie le sobra, sino que convoca y da sentido. Dios nunca pide ser lo único sino lo central. Quiere estar y ser el centro de nuestra existencia. El ídolo, en cambio, busca ser lo único. Quienes nos aman nos invitan a ocupar el centro de sus vidas, no nos piden ser lo único sino ser y formar parte de su centro. Nos piden ser su esperanza. Nos invitan a ser Esperanza. Ser Navidad.