miércoles, 3 de diciembre de 2008
San Francisco Javier
martes, 2 de diciembre de 2008
Exigencias para el Adviento (I)
Portadores de paz
Tal vez tenemos demasiados deseos contradictorios, tal vez buscamos sin medida o sin horizonte o sin mesura. Tal vez nos buscamos demasiado a nosotros mismos.
domingo, 30 de noviembre de 2008
El Adviento que viene
Bajé la cabeza y pregunté: "¿Viene ya?"
De todas partes parecía que estallaba el ¡Sí! de la respuesta.
El pensamiento, atormentado, decía:" ¡No está todavía la cúpula de mi palacio! ¡Nada está en regla!".
Vino una voz del cielo: ¡¿Derriba tu palacio!"
"¿Por qué?", preguntó el Pensamiento.
Porque hoy es el día del Advenimiento, y tu palacio estorba el paso".
Queridos amigos,cuántas veces en nuestra vida, si tuviéramos un poco de perspicacia, podríamos decir: Hoy es el día de mi salvación, hoy puede ser un día único en mi vida, hoy es la ocasión. A menudo, no hacemos caso y convertimos un día especial en un día cualquiera.
Tenemos ante nosotros una ocasión, tal vez, única: derribar mis barreras, barrer los escombros, dejar mi espíritu libre y purificado. No sea que hoy sea el día del advenimiento y mi yo estorbe el paso.
Amigos, aprovechemos estos días que vienen. Va, también, para tí Mate!
viernes, 28 de noviembre de 2008
Reseña de un acto importante
Homenaje al profesor Laboa en la presentación de su “Atlas de los Concilios”
«Los obispos están divididos al 50%»
Es uno de los más prestigiosos investigadores de la Historia de la Iglesia. Tras 40 años de dedicación a la enseñanza, Juan María Laboa, profesor emérito de Comillas, se dedica a escribir. Ayer, la presentación de su libro “Atlas histórico de los Concilios” (San Pablo) se convirtió en un homenaje espontáneo a su figura. Hombre de Iglesia y, por ende, abierto y crítico, Laboa invitó a “aprender las lecciones que la Historia da a la Iglesia” y reconoció, con tristeza, que “los obispos están divididos al 50%”. La apretada votación del secretario general le daba, una vez más, la razón.
El aula magna de la Pontificia de Comillas estaba abarrotada. En la presidencia, Fernando Sebastián, Santiago Madrigal, decano de la Facultad de Teología y Pedro Miguel García, subdirector editorial de San Pablo. Intervenciones sentidas y ponderadas de los presentes. Con numerosas alabanzas al autor. Por su obra y por todo su recorrido. Tantas que, con sentido del humor, cuando le llegó el turno, Laboa saludó con una anécdota en la que un viejo profesor decía ante las loas de sus presentadores: “Sigan, sigan, a ciertas edades, las alabanzas reconfortan”.
En primer fila de la sala, Carlos García de Andoín, el líder de Cristianos Socialistas del PSOE, y tres obispos: Raúl Berzosa, Joan Enric Vives y Juan del Río. “En actos como éstos la ‘otra’ Iglesia respira y toma conciencia de que existe y es numerosa”, decía un sacerdote sentado a mi lado.
Monseñor Sebastián ensalzó la obra de Laboa y calificó al autor de “pedagogo y publicista”. Por su parte, el subdirector de San Pablo, Pedro Miguel García destacó algunas de las cualidades del autor: “claridad, visión de fe, libertad de opinión y expresión, asi como preocupación por las realidades eclesiales del momento”.
Visiblemente emocionado, el profesor Laboa comenzó señalando que “tras 40 años de dedicación a la enseñanza de la Historia de la Iglesia o te vuelves loco o purificas la fe”. Y a renglón seguido, añadió: “En estos 40 años he aprendido que la Iglesia es maestra, pero no tiene discípulos”. Porque, “en la Iglesia, el Espíritu está en vasijas de barro”.
Al echar la vista atrás, Laboa recordó que “los sufrimientos en la Iglesia, muchas veces no vienen de los enemigos, sino de los de dentro”. A pesar de todo declaró: “He intentado ser libre, porque no hay evangelización posible, si no somos muy limpios y muy libres cuando hablamos de la bondad y de las perversiones de la Iglesia”.
A su juicio, los que quieren acallar las críticas a la institución con el célebre refrán de que los trapos sucios no se lavan fuera de casa es “porque pretenden mantenerlos sucios dentro”.
Anunció que prepara un libro sobre “La Historia de la Iglesia samaritana” y apuntó algunas de sus preocupaciones actuales. Primero, el “tremendo desconocimiento de la Historia de la Iglesia tanto dentro como fuera de ella”.
En segundo lugar, advirtió contra “el peligro inmenso de falsear la Historia de la Iglesia, como ya hacen algunas instituciones y congregaciones. Y eso es escandaloso”. En tercer lugar, apostó por el diálogo y la comunión eclesiales. “En estos momentos, en España, los obispos están divididos al 50 por ciento. Y los cristianos, también”. A su juicio, la jerarquía tiene que buscar urgentemente “a gente capaz de ser puente”. De lo contrario, “no tenemos futuro”.
Y por último, señaló que la Iglesia no debería enrocarse. “Cuando se nos ataca y somos débiles, no vale refugiarse en el integrismo o en el gueto. Eso debilita y empobrece a la Iglesia que, además, perderá la cultura y no convencerá a nadie”.
La sala respondió a sus palabras con una cerrada ovación. “Todavía quedan profetas”, aseguraba un jesuita.
El verdadero progresismo
— ¿Rezas a Dios? —pregunta Bloch.
— Sí, cada noche —contesta el pequeño.
— ¿Y que le pides?
— Nada. Le pregunto si puedo ayudarle en algo.
Y ahora soy yo quien me pregunto a mí mismo qué sentirá Dios al oír a este chiquillo que no va a Él, como la mayoría de los mayores, pidiéndole dinero, salud, amor o abrumándole de quejas, de protestas por lo mal que marcha el mundo, y que, en cambio, lo que hace es simplemente ofrecerse a echarle una mano, si es que la necesita para algo.
A lo mejor alguien hasta piensa que la cosa teológicamente no es muy correcta. Porque, ¿qué va a necesitar Dios, el Omnipotente? Y, en todo caso, ¿qué puede tener que dar este niño que, para darle algo a Dios, precisaría ser mayor que El?
Y, sin embargo, qué profunda es la intuición del chaval. Porque lo mejor de Dios no es que sea omnipotente, sino que no lo sea demasiado y que El haya querido «necesitar» de los hombres. Dios es lo suficientemente listo para saber mejor que nadie que la omnipotencia se admira, se respeta, se venera, crea asombro, admiración, sumisión. Pero que sólo la debilidad, la proximidad crea amor. Por eso, ya desde el día de la Creación, El, que nada necesita de nadie, quiso contar con la colaboración del hombre para casi todo. Y empezó por dejar en nuestras manos el completar la obra de la Creación y todo cuanto en la tierra sucedería.
Por eso es tan desconcertante ver que la mayoría de los humanos, en vez de felicitarse por la suerte de poder colaborar en la obra de Dios, se pasan la vida mirando hacia el cielo para pedirle que venga a resolver personalmente lo que era tarea nuestra mejorar y arreglar.
Yo entiendo, claro, la oración de súplica: el hombre es tan menesteroso que es muy comprensible que se vuelva a Dios tendiéndole la mano como un mendigo. Pero me parece a mi que, si la mayoría de las veces que los creyentes rezan lo hicieran no para pedir cosas para ellos, sino para echarle una mano a Dios en el arreglo de los problemas de este mundo, tendríamos ya una tierra mucho más habitable.
Con la Iglesia ocurre tres cuartos de lo mismo. No hay cristiano que una vez al día no se queje de las cosas que hace o deja de hacer la Iglesia, entendiendo por «Iglesia» el Papa y los obispos. «Si ellos vendieran las riquezas del Vaticano, ya no habría hambre en el mundo». «Si los obispos fueran más accesibles y los curas predicasen mejor, tendríamos una Iglesia fascinante». Pero ¿cuántos se vuelven a la Iglesia para echarle una mano?
En la «Antología del disparate» hay un chaval que dice que «la fe es lo que Dios nos da para que podamos entender a los curas». Pero, bromas aparte, la fe es lo que Dios nos da para que luchemos por ella, no para adormecernos, sino para acicateamos.
«Dios —ha escrito Bernardino M. Hernando— comparte con nosotros su grandeza y nuestras debilidades». El coge nuestras debilidades y nos da su grandeza, la maravilla de poder ser creadores como El. Y por eso es tan apasionante esta cosa de ser hombre y de construir la tierra.
Por eso me desconcierta a mi tanto cuando se sitúa a los cristianos siempre entre los conservadores, los durmientes, los atados al pasado pasadísimo. Cuando en rigor debíamos ser «los esperantes, los caminantes». Theillard de Chardín decía que en la humanidad había dos alas y que él estaba convencido de que «cristianismo se halla esencialmente con el ala esperante de la humanidad», ya que él identificaba siempre lo cristiano con lo creativo, lo progresivo, lo esperanzado.
Claro que habría que empezar por definir qué es lo progresivo y qué lo que se camufla tras la palabra «progreso». También los cangrejos creen que caminan cuando marchan hacia atrás.
De todos modos hay cosas bastante claras: es progresivo todo lo que va hacia un mayor amor, una mayor justicia, una mayor libertad. Es progresivo todo lo que va en la misma dirección en la que Dios creó el mundo. Y desgraciadamente no todos los avances de nuestro tiempo van precisamente en esa dirección.
Pero también es muy claro que la solución no es llorar o volverse a Dios mendigándole que venga a arreglarnos el reloj que se nos ha atascado. Lo mejor será, como hacía el niño de Bloch, echarle una mano a Dios. Porque con su omnipotencia y nuestra debilidad juntas hay más que suficiente para arreglar el mundo.
José Luis Martín Descalzo, "Razones para vivir".